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La teoría queer y la institucionalización de la misoginia.

Explicaba Kate Millett que el sexo es una categoría social impregnada de política, que la relación entre los sexos es política porque es una relación de poder. Así era y es; las mujeres nos encontramos en una posición subordinada respecto a los hombres y esta subordinación se ha construido a través del género. El género es una unidad analítica fundamental de la teoría feminista que sirve para explicar el establecimiento y la reproducción de la desigualdad estructural de las mujeres. Es el conjunto de estereotipos y funciones que se asignan a la mujer por nacer mujer y al hombre por nacer hombre, y que se aprenden e interiorizan mediante  la diferente socialización de los sexos. El género explica realidades como la división sexual del trabajo o el mecanismo de exclusión de las mujeres, de la esfera de lo público. Es la piedra angular sobre la que asienta la jerarquía sexual, uno de los instrumentos de sometimiento patriarcal más perfectos y que como feministas, tenemos que luchar por erradicar.
Nacer con sexo femenino o masculino, hembra o varón, determina tu posición estructural en el mundo. Ser mujer supone, entre otras cosas y en función de cuán explícito sea el patriarcado en que te has desarrollado, que te casen a la fuerza, que te mutilen genitalmente, que sirvas sexualmente en prostitución o que te violen. Todas estas realidades son consecuencias del género, materializan el papel y lugar que el patriarcado nos ha asignado a las mujeres. Por tanto, es vital para entender la teoría feminista y sobre todo, para tratar de acabar con la opresión sexual, entender el sistema sexo-género y señalarlo como mecanismo de reproducción de desigualdad a desactivar. Esto pone de manifiesto la necesidad de conceptualizar debidamente. Como dice la maestra Celia Amorós, “conceptualizar es politizar” y si lo hacemos erróneamente las consecuencias práctico-políticas serán adversas. Y si hay una conceptualización incorrecta sobre la opresión por razón de sexo, esta es elaborada por la teoría queer. No supondría esto mayor relevancia si la teoría queer se hubiese quedado en mera teoría explicativa de la realidad, pero el problema es que se ha institucionalizado a través de parte de la academia con sus “estudios de género” que deberían ser estudios feministas o de la mujer, y a través de las leyes de identidad de género.
La teoría queer niega la base misma de la opresión sexual. El sexo es una realidad biológica. Sin embargo, esta teoría lo define como constructo. Referentes teóricas queer como B.Preciado llegan a animarnos a  las mujeres a realizar una suerte de tránsito a través de hormonación y cirugía para escapar a la opresión sexual. Y no estaría aquí explicando y rebatiendo tales ocurrencias si no hubiesen pasado a formar parte del ordenamiento jurídico de diferentes países. En el caso español, tenemos varias leyes autonómicas y una proposición de ley estatal presentada por Podemos que supone de facto, la institucionalización de los estas ideas. Hablo de la Proposición de Ley del derecho a la libre determinación de la identidad sexual y expresión de género. Esta ley reproduce el concepto queer de “género”. Entiende el género como identidad, como categoría de la personalidad. Observamos que es un entendimiento totalmente opuesto al feminista. Donde el feminismo ve roles impuestos, la teoría queer ve manifestación espontánea de la personalidad. Resulta que ahora la feminidad y todas sus características asociadas (sometimiento, obediencia, determinado canon estético…) es, tal y como define la propuesta de ley de Podemos, una vivencia interna, algo con lo que nacemos. La “identidad de género” está fundada en los roles sexuales que el feminismo pretende abolir.
La teoría queer habla de personas agénero, de género no binario, de trangénero… La multiplicación de los géneros, la identificación de cada quien con que lo que desee es un solución muy lícita, pero individualista y que en modo alguno es capaz ni de cuestionar la jerarquía sexual. La solución colectiva y feminista es la abolición del género. Solo sin género, el derecho al libre desarrollo de la personalidad será efectivo.
Más allá de las cuestiones teóricas, hay una de mayor transcendencia y que como feministas, como sociedad en general, debemos abordar ya: tenemos que conocer las implicaciones jurídicas, prácticas y políticas de las leyes de identidad. Estas leyes se asientan en dos principios fundamentales: el concepto antifeminista de la “identidad de género” y el derecho a la libre determinación de la identidad sexual. Supone la regulación del esencialismo del género y de las percepciones subjetivas de las personas, pasando por encima de las realidades materiales y constatables. Estas leyes (y podemos fijarnos en el caso canadiense) socavan los derechos basados en el sexo y ponen en peligro los espacios de mujeres que nuestras predecesoras nos han legado. Si el sexo se autodetermina, si se elimina el indicador y la base de la opresión sexual ¿cómo protegeremos los derechos basados en el mismo? Pongamos unos ejemplos prácticos: las leyes de identidad comprometen al deporte femenino, busquen los casos en los que las competiciones femeninas son ganadas por hombres que se identifican como mujeres. Asimismo, ponen en riesgo las políticas de paridad (cuotas) vulnerando de esta forma el derecho a la igualdad efectiva y a la no discriminación. Especialmente preocupante es que cualquier hombre con “identidad de género” femenina pueda acceder a espacios exclusivos de mujeres, tales como vestuarios o casas de acogida de mujeres arriesgando la seguridad física y la privacidad de las mujeres. También se propone la sustitución de la categoría “mujeres” por términos como personas gestantes o menstruantes.  Estas solo son algunas de las consecuencias de las leyes de identidad y una cosa está clara, es que nadie nos las está explicando. Y por supuesto, se deben elaborar leyes que garanticen los derechos del colectivo trans y que corrijan la situación de discriminación que sufren. Las feministas críticas de género pedimos que se instituyan estas leyes y que sean compatibles con la protección y garantía de los derechos basados en el sexo.
La teoría queer tiene otras implicaciones. Uno de sus textos fundadores, “El género en disputa”, ya en sus primeras hojas llama a la deconstrucción del sujeto político del feminismo negando pues, que el sujeto político seamos “nosotras, las mujeres” y pretendiendo ampliarlo para convertir al feminismo en una amalgama de colectivos con las más diversas demandas. Las mujeres  no somos un colectivo, ni una identidad ni una diversidad más. Somos más de la mitad de la humanidad y tenemos una delimitada agenda de emancipación que luchamos por materializar.
La desigualdad también se nutre de la falta de claridad conceptual. Esta confusión sexo-género y otros propuestas queer forman parte, como algunas teóricas feministas han advertido, de un contragolpe o reacción patriarcal. Esta teoría atenta contra lo desarrollado por la teoría feminista y pone en riesgo los derechos y espacios de las mujeres. La novedad es que lo hace en nombre de la diversidad y la inclusión, pero es una trasgresión ficticia. No se puede clamar por un mundo igualitario instituyendo teórica y legislativamente como identidad, las asignaciones culturales y sociales impuestas a las mujeres. Es la defensa de la clásica dicotomía “rosa-azul”, del antiguo argumento patriarcal que habla de cerebros femeninos y cerebros masculinos para justificar la desigualdad. La única diferencia es que lo queer propone transitar de unos roles a otros o crear nuevas categorías de género; cuando lo idóneo, lo liberador sería abolir estos roles. Esta sería verdadera libertad para ejercitar todo nuestro potencial humano.
Una teoría que defiende ideas que conllevan la invisibilización de las mujeres a través de términos como personas gestantes o  que niega la transcendencia política del sexo, por mucha pátina de trasgresión con que sea revestidas, solo puede ser catalogada como teoría antifeminista y misógina. La teoría queer es una teoría individualista que compromete la acción colectiva, que ataca a las bases mismas de la teoría feminista y que puede acabar por despolitizar al movimiento feminista.
La retórica subversiva confunde a muchas compañeras, pero aparecida la primera duda, se acaba desengranando la trampa queer. El acoso, el hostigamiento, las amenazas y las acusaciones falaces de fobias que recibimos las feministas críticas de género acaban por silenciarnos a muchas. Pero también somos otras tantas, las que creemos que es un deber feminista denunciar que la institucionalización de las premisas queer daña a las mujeres y al feminismo. No exigimos más que debatir sin miedo. Se acabó transigir y ceder en favor de los demás. Porque eso, también es género.
Artículo publicado originalmente en Diario Público


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